Nuestra visita empezó en el centro de Homún, donde nos encontramos con Mitim. Subimos a su mototaxi y nos llevó hasta Hool Kosom. Allí nos esperaba su familia, cuatro mujeres que gestionan y cuidan el cenote, con quienes pasamos un buen rato platicando antes de bajar al agua.
Nos contaron cómo era el lugar al principio, cuando apenas había una pequeña palapa. Con el dinero que iban reuniendo de las entradas construyeron los vestidores, otras palapas y un cuarto. Llevan cerca de diez años trabajando ahí y todavía les quedan cosas por hacer, entre ellas más baños y espacios de sombra.
Mientras repasaban esos años, aparecían los nombres de hermanas, tías y madres. Recibir a quienes llegan y cuidar las instalaciones es un trabajo que se reparten en familia. Estábamos conociendo el cenote a través de quienes lo habían visto cambiar, poco a poco.
Cuando preguntamos por el nombre, nos explicaron que Hool Kosom significa «Hoyo de Golondrinas» en maya. También nos hablaron de los antiguos habitantes de la zona, de quienes trabajaban en los planteles de henequén y bajaban al cenote.
La conversación nos llevó a una tradición que mantienen en el lugar, la ofrenda para los aluxes. Según nos explicaron, la celebran cada tres o cinco años, con ayuda de un chamán. Preparan un altar y comida para pedir permiso y protección. Para ellos, esta ofrenda ayuda a evitar accidentes y las travesuras que los aluxes pudieran hacer a los visitantes.
Invitan a mucha gente y comparten la comida. Nos la describieron como una gran fiesta, una reunión en la que participan familiares y otras personas que los acompañan.
También hablamos con un señor mayor. Su sueño era construir unas cabañitas para hospedar visitantes, aunque todavía era un proyecto pendiente. Nos contó que habían encontrado otro cenote, pero que la falta de recursos les impedía llegar hasta él. Después de escuchar cuánto habían construido con las entradas, esos planes nos dieron una idea de todo lo que aún esperaban hacer.
Después nos invitaron a entrar. Bajamos por las escaleras hasta la plataforma junto al agua. Desde ahí pudimos apreciar la bóveda, las paredes claras y la luz que entraba por el agujero del techo.
Éramos solo cinco personas dentro. En el agua observamos los peces que la familia llama bagres y, sobre nosotros, las golondrinas entraban y salían por la abertura. Ahí estaban las aves de las que acabábamos de hablar, las que daban nombre al cenote. Nos quedamos un rato observándolas. El lugar era espectacular y pudimos disfrutarlo con calma.
Si vas a visitarlo, lleva efectivo. La señal de celular es muy reducida, nosotros no pudimos conectarnos a internet y el lugar no acepta pagos con tarjeta por esa falta de conexión. Conviene confirmar el horario y la tarifa antes de ir, y tener en cuenta las escaleras de acceso si alguien del grupo tiene dificultades de movilidad. Reserva también un rato para platicar con quienes te reciben, buena parte de lo que contamos aquí nació de esa conversación.
En Hool Kosom pudimos conocer a las personas que hacen posible la visita. El dinero de las entradas les ha permitido mejorar el lugar y sostiene un trabajo que continúa cuando los visitantes se van, mantener las instalaciones y cuidar el cenote.
Por eso vale la pena visitar y apoyar estos espacios locales. Las familias que los gestionan crean las condiciones para que podamos disfrutarlos y contribuyen al cuidado de nuestros acuíferos. A nosotros nos corresponde acompañar ese esfuerzo, respetar las indicaciones, evitar contaminar el agua y llevarnos nuestra basura.
Escrito por Alma y Cesare, Cenote Scout.

